CRECIMIENTO ECONÓMICO: ¿NOS BENEFICIA A TODOS?
Escrito por Julián De Zubiría
Internamente
En 1983 el economista chileno Manfred Max Neef recibió el Premio Right Livelihood Award, más conocido como el Premio Nobel alternativo y el cual busca “honrar a personalidades que proponen soluciones concretas y ejemplares a los retos del mundo actual”. Esta distinción la obtuvo por sus originales contribuciones al pensamiento económico. Para Max Neef los economistas se han equivocado al pensar excesivamente en los objetos y en los productos, y muy poco en las personas.
Los economistas hablan de Producto Interno Bruto, PIB per cápita, materias primas, exportaciones o tasas de cambios, pero casi nada de la situación de la población. Su tesis central es que la economía debe estar al servicio de las personas y no al revés. De allí que consideró necesario diferenciar entre el crecimiento económico y el desarrollo humano, y se preocupó insistentemente por el impacto que el crecimiento generaba sobre la calidad de vida de la población. Sus planteamientos fueron retomados parcialmente por las Naciones Unidas cuando construyeron un índice para medir el desarrollo humano de los países, el cual tiene en cuenta el nivel de salud, las expectativas de vida, el grado de educación alcanzado y el ingreso promedio de sus habitantes, e incluso durante algunos años Naciones Unidas ha intentado estimar el índice de libertad política de los países.
Un país puede crecer mucho, pero sólo se puede hablar de desarrollo si ese crecimiento se traduce en bienestar para la mayoría de sus habitantes y si la calidad de vida de la población es creciente. El desarrollo, por tanto, considera al conjunto de la población, en tanto el crecimiento –como dice Max Neef- sólo tiene en cuenta la variación que tiene la cantidad de bienes producidos, sin importar en manos de quién están dichos bienes. A los ciudadanos nos debería importar mucho más el desarrollo que el crecimiento económico.
Por su defensa de una economía al servicio del hombre, por su tesis de que existen diversas necesidades humanas, por la profundidad evidenciada al concluir que existen diferentes pobrezas, asociadas a las diversas necesidades; por estas originales tesis económicas, Max Neef, recibió dos décadas atrás el Premio Nobel Alternativo de economía. Max Neef, quien inicialmente había trabajado como economista de la Shell, dedicó después su vida a repensar la concepción y el sentido mismo de la economía en el desarrollo del ser humano, para crear así lo que llamó una “economía descalza”, una economía con sabor humano.
Inicio estas breves líneas con la reflexión sobre la economía a escala humana a propósito de los indicadores de crecimiento y pobreza que acaban de ser socializados para Colombia y América Latina. Según las cifras oficiales de una Misión en la que participaron el DANE y Planeación Nacional, la pobreza y la indigencia se redujeron en Colombia entre el 2002 y el 2008 al pasar la primera del 52 al 46%, y la segunda del 20 al 18% de la población. Según este criterio, se considera pobre la familia que recibe ingresos inferiores al costo de la canasta familiar básica ($1’177.000 en la actualidad), al tiempo que la indigencia se presenta en las familias que reciban menos de $468.000 como ingresos mensuales. Aun así, estos dos positivos indicadores de las tendencias socioeconómicas en el país en la presente década, deben ser evaluados con más cuidado ya que para analizar adecuadamente estas cifras es necesario tener en cuenta de manera complementaria los niveles de desigualdad, la situación alcanzada por los demás países de la región y lo que muestran las tendencias más recientes sobre estos temas. Muy posiblemente los colombianos hemos dedicado la mayoría de los espacios a reflexionar sobre los problemas y perspectivas de la política y la violencia, al tiempo que han pasado bastante subestimados en la última época las discusiones sobre la naturaleza, las características y las tendencias de la economía y las condiciones de vida en el país. El reciente informe es una buena oportunidad para analizar de manera más compleja y diversa los problemas nacionales.
En términos absolutos los datos socializados nos reiteran que vivimos en un país en el cual cerca de la mitad de la población es pobre, dado que no recibe lo mínimo necesario para pagar la alimentación, el techo, la salud, la educación y la recreación. Un poco más de 20 millones de colombianos son pobres, y de ellos, 8 millones están en condiciones de subalimentación y viviendo muy por debajo de las condiciones mínimas en salud y albergue. Esto de por sí es una verdadera tragedia humana. Mucho más grave si se compara con el resto de América Latina donde encontramos que la gran mayoría de los países están en mejor condición frente a la desigualdad y que frente a la pobreza nuestra situación es intermedia.
En América Latina, en promedio el 34% de sus habitantes son pobres. Entre los que están en situación más crítica, según Naciones Unidas, son Honduras, Bolivia, Haití, Nicaragua y Guatemala. En Haití o Nicaragua, por ejemplo, el 78% de la población vive con menos de dos dólares al día. En países como Chile, Uruguay, México o Costa Rica este porcentaje es inferior al 10% de su población. En Colombia para el año 2005 era del 18% de la población.
Tenemos uno de los niveles de inequidad más altos del mundo
El segundo aspecto que hay que tener en cuenta es el índice de desigualdad, es decir, qué tan bien está distribuida la riqueza del país. Según la CEPAL, Colombia presenta el segundo nivel de desigualdad más alto de la región, estando ya muy cerca de Brasil, que tristemente sigue ocupando el primer lugar, aunque es uno de los países con mejor tendencia para superar la inequidad que lo ha caracterizado desde años atrás. Para complejizar la información, no sobra reiterar que América Latina es el continente más desigual del mundo, incluso peor que la pobre y deprimida África. La desigualdad se mide teniendo en cuenta qué tanto está la riqueza concentrada en pocas manos y se expresa en un índice que va de 0 a 1, siendo 0 el dato que obtiene un país en el que toda su población gana el mismo salario, y siendo 1 cuando toda la riqueza está totalmente concentrada en manos de una sola persona. Brasil tiene como índice de concentración 0.59 y Colombia tiene 0.58. Los países de la región con menor nivel de concentración de la riqueza son Venezuela y Uruguay, lo que quiere decir que son los países de América Latina con menor desigualdad; y en el ámbito mundial, se destacan todos los países del norte de Europa, la República Checa y Japón. En Dinamarca, país con el menor nivel de inequidad del mundo, el índice de desigualdad es de 0.24. Así mismo, en Suecia, la diferencia salarial en una gran empresa es de uno a cuatro, lo que significa que quien realiza el aseo obtiene un salario tan solo cuatro veces inferior al del recibe el gerente. En Colombia, esta relación es de uno a treinta.
Así mismo, y como dato especialmente preocupante, en los análisis de concentración de la riqueza que realizan las Naciones Unidas en el mundo, Colombia ocupó el puesto 114 entre 124 países analizados durante el año 2005. El país solo superó a unos muy pocos países africanos, a Guatemala y a Brasil. Todos los demás países del mundo presentan una menor concentración de la riqueza en pocas manos que el que alcanzábamos para el 2005. No se conocen todavía cifras mundiales consolidadas, pero ya sabemos que en los últimos tres años la desigualdad ha aumentado en el país.
En los últimos años decrece la calidad de vida en Colombia
El tercer aspecto que preocupa es que Colombia ha tenido en sus últimos años las tasas de crecimiento más altas de su historia. Es así como en el año 2006 creció a una tasa del 7% y en el 2007 a una tasa del 7.5%. A pesar de este gigantesco crecimiento, y a pesar de los indudables éxitos en el avance de la seguridad en los campos colombianos, del auge del turismo, de la posibilidad real de desplazarnos por todo el territorio nacional, a pesar de todo ello, la mayoría de la población en el país no mejoró su calidad de vida en los últimos años. La indigencia aumentó dos puntos al pasar de 15.7 en el 2005 al 17.8% en el 2008, y el grado de concentración de la riqueza es hoy superior al registrado en los últimos cinco años. De esta manera es Colombia uno de los pocos países de América Latina en el cual la desigualdad ha aumentado en los últimos años, al tiempo que Venezuela y Brasil son los que muestran las mejores tendencias en el mismo lapso de tiempo; Venezuela ha pasado de un coeficiente de 0.49 a un 0.40 en los últimos diez años, al tiempo que Brasil ha pasado de 0.63 a 0.59. Estos datos socializados por la prensa en los últimos días muestran que pese a los notables avances que ha tenido la economía, el comercio, la inversión y la seguridad, la desigualdad y la inequidad en el país, siguen aumentado.
Para mejorar la calidad de vida de la población es necesario que la política fiscal contribuya a mejorar la distribución de la riqueza y es indispensable que los recursos del sector público se inviertan esencialmente en servicios como la salud y la educación de la población más pobre de un país. Desafortunadamente eso no se está haciendo en el país en los últimos años. Hoy en día se calcula que la política fiscal en Colombia disminuye dos puntos porcentuales el índice de concentración de la riqueza, al tiempo que en los países europeos lo disminuyen en el 19%.
A mediano y largo plazo solo hay dos maneras de disminuir la pobreza. La primera, es garantizando mayores niveles de empleo estable y productivo. La segunda, asegurando que la inversión en educación transforme a mediano plazo la productividad del trabajador y sea ésta efectivamente un motor de su propio ascenso social. Respecto al empleo estable y productivo, la tendencia del país marcha en contravía durante los dos últimos años, periodo en el cual paralelamente se han elevado los niveles de desempleo y de empleo informal. En cuanto a la inversión en educación ya señalamos que la tendencia general del país no es favorable en los últimos años. Hoy en día la inversión en educación del país, según la CEPAL, llega al 3.7% del PIB, después de la tendencia decreciente que ha presentado en los últimos años (llegó a ser del 4.8% del PIB para 1996). Por el contrario, Colombia destinó a su gasto militar en el año 2008 el 4.7% del PIB y si se incluye los gastos de las entidades descentralizadas, el porcentaje asciende al 6.3% del PIB, siendo el país con la mayor inversión del continente, el cual gasta en promedio un 1.6% del PIB. En la actualidad somos uno de los países del mundo con mayor gasto militar, con niveles cercanos a Irán, Siria o Rusia. Como se ve, la guerra ha reducido los dineros para la inversión social. Y aunque efectivamente la seguridad y la inversión han venido aumentando de manera significativa en el país y que Colombia haya alcanzado en sus últimos años sus tasas de crecimiento económico más altas de la historia, todavía esos beneficios no contribuyen a que menos personas vivan en Colombia en condición de indigencia.
Como diría Max Neef, ¿de qué le sirve a un país crecer, si ese crecimiento no mejora la calidad de vida de la mayoría de su población?