EL MERANI ANTE LOS RETOS DE LA FORMACIÓN ÉTICA
Escrito por Administrator
Internamente
La formulación de una política valorativa en una innovación pedagógica como el Merani supone la identificación de los principales problemas éticos de nuestro tiempo, tanto en el ámbito nacional como en el planetario. A nuestro juicio, estos problemas son esencialmente los siguientes:
Primero. Si consideramos las diferentes dimensiones humanas que hemos identificado –vale decir la cognitiva, la valorativa, la praxiológica, la comunicativa y la social–, encontramos hoy que un elemento que las caracteriza es la crisis de certeza. Los fundamentos del conocer, del actuar, del valorar, del comunicar y relacionarse con los otros, quedaron en duda a finales del siglo pasado. La razón, que se había erigido como fundamento de todos ellos, como la base de toda actividad humana, fue herida mortalmente; sus operaciones y productos perdieron su brillante asertividad de otros tiempos. Lo que queda de ella es una sombra sin rumbo. Hay crisis de la certeza, hay crisis de la razón, que ya no puede ser considerada fundamento de nada.
Segundo. A la crisis de los fundamentos se suma un problema que se inicia oficialmente con Maquiavelo y que tiene que ver con la independencia de las diferentes esferas de la vida humana; particularmente con la independencia que ganaron la política, la economía y las ciencias con respecto de la ética. No es que antes de Maquiavelo lo político fuera de la mano de lo ético, pero ciertamente después de él la política y la ética nunca más volvieron a ser interdependientes. ¿Qué otra cosa significa el que el Príncipe esté obligado a obedecer a la utilidad y la eficacia, y no a la moral?
En otros ámbitos, desde entonces un economista es un mal economista si los negocios que atiende no prosperan, no si falta a la ética; su imperativo ha de ser la ganancia, no el bien de los otros. Desde entonces un científico puede ignorar las consecuencias de sus actos “científicos”, pero debe ser prolijo en el manejo de los protocolos, tal como se narra en el Frankenstein, de Mary W. Shelley. Desde entonces, un criminal como Al Capone puede ser aprehendido y condenado por la justicia, no por los crímenes que cometió sino por evadir impuestos.
Tercero. Ante la crisis de fundamentos de la ética y la autonomía moral de las ciencias, las artes y la tecnología, aparecen los valores. Desligado el ser humano de sí mismo, de los otros, de la naturaleza y de la trascendencia, emergen la eficacia, la productividad, la transparencia y otros valores a los que rinde culto la ética privatizada. El desarrollo del capitalismo alimenta el individualismo ético que alimenta el capitalismo. El interés se impone sobre el deber. La ética del individuo se distancia definitivamente de la ética de la polis, debilitada y esclerótica. La felicidad personal justifica cualquier transgresión, hasta la del propio ser humano.
Cuarto. Los valores son prótesis, afirma Alice Miller. Son el indicio de que hace falta algo vital. No pueden reemplazar un Yo nutrido en el afecto. Sirven a cualquier causa, a distintos dueños y pueden ser sustituidos por otros. “Lo que ayer aún se consideraba bueno, puede hoy día –según lo que decidan el Gobierno o el Partido– ser tenido por malo y corrupto y viceversa”.
En estas condiciones, es indispensable reconocer que el desarrollo ético está ligado, en nuestro tiempo, a una reforma del pensamiento y de la sociedad, y especialmente a una reforma espiritual, es decir, una reforma del ser. En este contexto se conciben la educación y la escuela como una posibilidad de realizar esa reforma, lo que les confiere a aquéllas un carácter contracultural, en el sentido de que es en este campo donde se cobra conciencia de las carencias, falencias e inconsecuencias de la sociedad y la cultura y, se intenta superarlas.
Así, cuando la cultura parece privilegiar las exclusiones, aparecerá la escuela para contrarrestar esa tendencia y promover la inclusión, para crear interdependencias y conjunciones; cuando la cultura parece privilegiar una sola dimensión del ser humano, aparecerá la escuela para recuperar las dimensiones excluidas o atrofiadas y establecer el equilibrio entre ellas; cuando el espíritu reduccionista nos vuelve ciegos ante los otros, la sociedad, la naturaleza y el Universo, aparecerá la escuela para iluminar las dimensiones ignoradas y crear conciencia de la complejidad; cuando las incomprensiones se apoderan de las explicaciones de nuestra cultura, aparecerá la escuela para poner la comprehensión en el centro de nuestros juicios. En fin, cuando todo en la cultura parece favorecer el individualismo, aparecerá la escuela para recuperar el altruismo.
No obstante, la educación y la escuela también han de reconocer la riqueza de la cultura, los factores que en ella se cultivan para la supervivencia y trascendencia de la especie, los conocimientos, actitudes y prácticas, que hacen de ella el capital humano fundamental. Frente a nuestro patrimonio cultural común y planetario, la educación necesariamente tiene que cumplir un papel procultural e intercultural. De esta manera, su carácter ha de de ser, a la vez, reformador, revolucionario, y conservador.
Las tareas valorativas de la escuela, entonces, no son otras que promover la comprehensión de lo humano, el altruismo, la conciencia de la complejidad y la espiritualidad, para lo cual es primordial que los estudiantes –en el marco de sus relaciones consigo mismos, con los otros, con el contexto y con lo trascendente– desarrollen la introspección, interioricen el respeto a la diversidad, experimenten la empatía y expandan la conciencia de pertenencia a un ámbito más amplio que aquel del entorno particular del propio vivir.
Por eso, el eje de la propuesta valorativa, más exactamente, ética, del Merani, está dada por la consideración de que el desarrollo ético está determinado por los vínculos que el individuo sujeto establece consigo mismo, con los otros, con el contexto natural y cultural y, con la especie. En su propia experiencia, estos vínculos se traducen en comprehensiones o competencias éticas cuyo desarrollo debe buscar la escuela de manera explícita e intencionada. Para lograr el desarrollo ético de sus estudiantes, la escuela no debe enseñar valores. En su lugar, debe promover las comprehensiones más generales –competencias en su sentido más exacto– de las diferentes esferas que constituyen el espíritu humano, tanto como sus intrarrelaciones e interrelaciones.
Como lo afirmamos antes, en ética nada puede reemplazar un Yo vital. Pero debemos agregar también que nada puede sustituir un “los otros” amado, un cosmos reencontrado. Por nada querremos perderlos, por nada querremos renunciar a ellos una vez nos hayamos religado a ellos. Son el Yo, los Otros, el Cosmos y nuestra propia especie las verdaderas fuentes de la ética, los fundamentos de una ética compleja y amorosa.